Sebastiane: el porqúe de un nombre

 

 

Nuestro premio se llama “Sebastiane” por varias razones

La más evidente y trivial es geográfica, nos encontramos en la ciudad del San Sebastián, donde se falla este premio.

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La más cinéfila y erudita, al ser un galardón cinematográfico, es la del homenaje al primer film del mismo nombre, “Sebastiane”, rodado en latín y dirigido por Derek Jarman en 1976.

 

Y la más lógica y recurrida al ser un galardón LGTBI, es la asimilación del santo como icono gay.

Que este santo haya devenido, nítida o soslayadamente, un símbolo homoerótico desde el Renacimiento hasta nuestros días es de una profundidad mayor de la que aparenta.

Lo fácil y superficial es apelar a que es un hombre desnudo y por lo tanto levanta la atención erótica; pero hay muchos santos, incluido el mismo Jesucristo, jóvenes y desnudos. Por lo visto, en el martirio, tanto fueran hombres como mujeres, caían con muy poca ropa: San Lorenzo, por los calores en la parrilla, San Andrés, con un pequeño paño en la cruz en forma de X, San Pedro, boca abajo con poquita ropa, San Juan Evangelista, dentro de la olla de agua donde lo cocían, San Juan Bautista, tan asceta siempre medio desnudo bautizando a todo lo que se le ponía por delante, el joven estudiante san Algerio, que lo desnudaron para verterle aceite hirviendo, no fuesen a mancharse las vestiduras, San Bartolomé, que como es de suponer no llevaba nada encima cuando fue desollado, San Erasmo, a quien destriparon, San Pelayo, desmembrado con tenazas cuando era un jovencito, Santo Ponciano, siendo descuartizado por cuatro caballos todo despatarrado, San Crispin y San Crispiniano, desnudos juntitos mientras les metían clavos entre los dedos, los santos gemelos Marcos y Marceliano, que fueron asaeteados atados desnudos al mismo tronco… en fin, que tenemos un largo muestrario para poder haber seleccionado un santo nudista.

¿Pero por qué Sebastián?¿Azar o algo más?

A todos nos gustaría creer que Sebastián era un apuesto soldado, pública o secretamente cristiano, y pública o secretamente maricón, que al no acceder a los encantos del emperador, fue martirizado.

Pero, históricamente, lo único que conocemos de este personaje real es que el nombre Sebastián se menciona por primera vez en el año 354 en un calendario litúrgico, en el cual se indica la fecha de su martirio junto a la del Papa Fabiano, el 20 de Enero. Y que en la segunda mitad del siglo IV se le pone como ejemplo de mártir en los salmos del santo Ambrosio, afirmando que: “cierto Sebastián, procedente de Milán, experimentó el martirio en Roma y fue enterrado en las catacumbas”. Por muy sorprendente que parezca, no existen más datos fidedignos sobre su vida y muerte. Con esta frase como documentación, el santo podía haber sido cualquiera y ser representado por la Iglesia de la manera que le hubiera placido.

Increíble pero cierto.

Luego, la hagiografía cristiana hizo lo suyo: inventar o copiar a su aire lo ya establecido donde la población se resistía a perder sus costumbres anteriores. La fe es un eficaz instrumento para hacernos comulgar con ruedas de molino. La mayor parte de la ideología cristiana se basa en progresivos inventos que carecen de total rigor histórico.

Pero si preguntas a la Iglesia por el origen del mártir San Sebastián, te remiten a una fábula, leyenda o novela que escribió un eclesiástico romano en el siglo V, llamada: “Narración de la pasión de San Sebastián” donde por inspiración divina surgen soldados, flechas y demás, que desde entonces pasaron a constituir la base de la forma en la que sería adorado, de la manera en la que sería representado en las artes plásticas y de la atribución de determinados caracteres y patrones.

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San Sebastiano fuori le mura. La iglesia sobre la catacumba donde se dice fue enterrado San Sebastián.

La iglesia cristiana siempre ha sido muy voraz asimilando cultos anteriores, llamados paganos. Pero ella misma no surge de la nada, y es una derivada de corrientes anteriores. Todo comenzó, como siempre, con una lucha de poder. Los sumos sacerdotes de los diferentes dioses del más civilizado de los mundos occidentales antiguos: Egipto, acaparaban tanto poder que los faraones no podían hacer nada sin su consentimiento. Amenofis IV decide poner coto a este inmenso poder suprimiendo todos los dioses y por ende a sus sumos sacerdotes y autoproclamándose sumo sacerdote de un dios único: el dios solar, instaurando por primera vez en la historia una religión monoteísta. La nueva religión se caracterizaba por una fuerte abstracción y conceptualización de la deidad frente al sistema de creencias egipcio, ya que el pueblo no concebía a los dioses sin forma e imagen, sino que necesariamente los corporizaba, ya fuese en una imagen antropomorfa, ya en un animal asociado como icono zoomorfo. Tras la muerte del faraón, retorna el poder al clero antiguo, y los seguidores monoteístas son perseguidos, teniendo que huir de Egipto. Simplificando mucho, porque esto es historia para otro artículo, se forman así las corrientes moneteístas judías, de las que se alimentaron las corrientes cristianas, que dieron pie a las corrientes musulmanas.

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Nada se inventa y todo se transforma pero… ¿De dónde copió la Iglesia esta creación, llamada San Sebastián, y cuál es su implicación con el mundo LGTB?

Al ver que todo surge y se desarrolla en la ciudad de Roma, es normal que acudamos al panteón de dioses clásicos para encontrar un posible modelo. Y llegados a este punto, no es difícil percatarse del paralelismo que existe entre éste santo y el dios Apolo.

Primero, estéticamente, si representamos un hombre joven, ideal de la belleza física masculina, semidesnudo, sin barba, con rasgos delicados y algunas veces afeminados, al lado de un árbol, podríamos estar hablando tanto del Dios Apolo como del Santo Sebastián.

Simbólicamente, ambos son representados con flechas.

Socialmente, como San Sebastián sobrevivió a las flechas (luego murió menos elegantemente a mamporrazo limpio en el Circo Máximo) se creía que protegía de las enfermedades contagiosas, sobre todo de la peste. Toda la época medieval está cargada de invocaciones a él, sobre todo en lugares donde era fácil la transmisión de enfermedades por el gran movimiento de gentes, como era el Camino de Santiago, donde las iglesias dedicadas a San Sebastián son muchísimas. Y es curioso constatar que la figura del dios Apolo, concretamente en la ciudad de Roma, estaba revestida de un motivo especial como sanador ante las epidemias. Ya en el año 481 antes de nuestra era se le erigió un templo como dios de la salud.

Si a esto añadimos que las fechas de celebración del dios Apolo eran los días 7 y 20 de cada mes y San Sebastián se celebra un 20 de Enero, y por último, algo tan evidente como que San Sebastián surge con fuerza como santo, en la ciudad de Roma, alrededor del siglo IV, que es justo la época en la que pierde fuerza Apolo en la misma ciudad… no hace falta mucha fe para sacar la conclusión del lugar del que le vino la inspiración al eclesiástico romano del siglo V que hizo nacer el mito de San Sebastián.

Ya tenemos el enlace: San Sebastián es Apolo cristianizado.

Localizado el origen, veamos lo que nos interesa: la relación con la homosexualidad.

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La familia más gay del olimpo de los dioses era la compuesta por Zeus y sus hijos gemelos (hombre y mujer, ya empezamos con las dualidades): Apolo y Artemisa (o Diana cazadora para los romanos). Zeus se acostaba con todo lo que se le ponía al paso y son famosos sus amores con el joven Ganímides, al que raptó transformado en águila. Diana cazadora, seduciendo a ninfas, dio inspiración a las amazonas, que tan poco gusto sentían por el trato con los machos. Pero Apolo se lleva el palmarés seduciendo al príncipe de Esparta Jacinto, levantando los celos de Céfiro o acostándose con Cipariso.

Lo curioso es que el símbolo de estos tres dioses tan gay-friendly eran las flechas. Zeus con sus rayos solares en forma de flecha, Apolo con las suyas y Diana cazando con su arco en su perpetuo lio de faldas con las ninfas. No es de extrañar que las flechas del Apolo rebautizado como San Sebastián arrastraran un matiz homoerótico que intentó blanquear la Iglesia, pero que el subconsciente colectivo no olvidó del todo.

Por otro lado, si buscamos en el significado de los símbolos que rodean al santo: el árbol, la cuerda, la sangre y las flechas, la ambivalencia sexual se hace bastante evidente.

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Que el árbol es uno de los más claros símbolos duales masculino-femenino no solo lo afirman todos los simbolistas reconocidos, desde Jean Chevalier hasta Mircea Eliade (Gustav Jung nos hacía caer en la cuenta de que los árboles en latín son de género femenino pero de desinencia masculina), sino que en todas las culturas antiguas se nombra al árbol como dualidad femenina-masculina. Desde las tradiciones babilónicas de Mesopotamia con el árbol Kiskanu, Persia con Gaokarana y Haoma, China con la morera hueca hermafrodita K’ong-sang, el antiguo Egipto con el sicomoro de la diosa Hator, griegos con sus árboles oráculos, romanos con su higera sagrada, los celtas con sus cultos druídicos, las enseñanzas esotéricas del Judaismo en la Kabala con el árbol Sefirot, que nos habla de Chochma, el principio masculino y Binah el femenino, incluso en las culturas precolombinas como Tenochtitlan nos encontramos con la dualidad de este símbolo en el que, para no liarnos mucho, podemos apreciar fácilmente su tronco fálico, masculino y fecundador y su copa protectora, con sus flores y frutos, femenina.

La cuerda pasiviza al hombre Sebastián en una época en la que la sexualidad femenina estaba condicionada al sometimiento y abandono, afeminando la sexualidad masculina.

La sangre además de un símbolo destructivo del valor asociado a la violencia masculina, es un símbolo creador de vida del poder femenino en la menstruación. ¿Es el efebo y lánguido San Sebastián un guerrero, o un hombre menstruando?

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Y las flechas, el símbolo por antonomasia de San Sebastián. En él hay una unanimidad general: nos encontramos con textos que nos hablan de que es un símbolo fálico de penetración, de apertura, otros, nos dicen que es un órgano creador que abre para fecundar, o un elemento fecundante de apariencia fálica y, en particular, el arquero o sagitario del arte medieval participa de la alusión a la sensualidad y a la lujuria; parecida interpretación tiene el centauro que disipa flechas o Amor (Cupido) que aparece a menudo provisto de carcaj y flechas, con las que hiere a los enamorados.

San Sebastián, simbólicamente, un hombre multi-penetrado fálicamente para ser fecundado.

El símbolo masculino, mundialmente aceptado como una flecha, penetrando el cuerpo de San Sebastián que sufre un éxtasis místico de placer sublime.

¿De verdad, de verdad, maris, que no podemos imaginarnos porqué San Sebastián está desde antaño tan relacionado con nosotros?

Iker Ayestarán - portada Sebastiane

 

 

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