2019 Sebastiane Latino

Un Rubio, de Marco Berger: la opresión y el ocultamiento es parte del “sistema”

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UN RUBIO, DE MARCO BERGER

La tinta del Txipiron

El deseo solo anhela lo que no tiene. Únicamente si se da tal premisa alguien o algo puede ser su objeto o sujeto verdadero. Durante el enamoramiento buscamos el rostro de la persona amada para transmitirlo y compartirlo. La cara, nuestra zona habitualmente más expuesta, la más desnuda de cada persona, invita a ser mirada. Es la incitación del deseo. De ahí que, para combatirlo, la praxis más radical prohíba su visión anulando la capacidad de atracción de algunas personas -siempre mujeres-, y por tanto su potencial de convertirse en sujetos del deseo ajeno (no es otro el fin del burka o el nikab). Sonreír y mirar fijamente a los ojos son gestos asociados al cortejo amoroso, como señalan numerosos estudios científicos dirigidos a determinar qué es lo que hace que nos guste más un rostro que otro, y hasta qué punto eso influye en nuestras preferencias sexuales. Siendo los hombres, según dichos estudios, quienes somos más conscientes de dicha atracción visual. Por eso, el acto de mirar fijamente un hombre a otro se convierte en un desafío sexual. Se acepta si se responde del mismo modo. Se rechaza si no se sostiene el contacto visual o, en el peor de los casos, cuando se reacciona más o menos agresivamente, demostrando al otro que se equivoca en su elección.

El sexo surge con posterioridad. Es la cumbre alcanzada en la conquista del deseo. Una vez hecha permite disfrutar plenamente las emociones aunque, más temprano que tarde, invite a desandar el camino, descendiendo del territorio recorrido de la idealización previa. Con el sexo, los rostros se difuminan y los cuerpos se diseccionan en el conjunto de sus partes. El deseo no es clasista. Pero los contextos que posibilitan su estallido lo circunscriben y acotan.

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Sobre todo ello, el deseo y sus misterios, versa el sexto largometraje de Berger[1] dando una nueva vuelta de tuerca a un tema ya recurrente en su filmografía, y concediendo todo el protagonismo, en este caso, a dos hombres. Utiliza además el contexto económico y social como un marco fundamental y condicionante para entender el desarrollo del proceso que viven los personajes. Ambos se muestran totalmente determinados por sus ambientes laborales (trabajan juntos en una maderera situada en los arrabales de Buenos Aires), por sus relaciones amistosas y por las familiares. Son parte del nuevo proletariado sin conciencia de clase que crece en nuestras sociedades cada vez más desiguales. Da lo mismo que hablemos de Argentina, de Estados Unidos o de España. Es reflejo de una realidad internacional.

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La trama es aparentemente simple. Cuando su hermano se muda, Juan (interpretado por Alfonso Barón) tiene que encontrar un compañero de piso para poder afrontar el alquiler. Así es como entra en su vida privada Gabriel (Gastón Re), un hombre rubio, reservado y tímido que, a pesar de su juventud es ya viudo y padre de una niña que vive con su abuela por no poder él ocuparse de ella. Como su situación económica es precaria, también encuentra un respiro a sus problemas económicos al tener la oportunidad de disponer de una modesta y pequeña habitación en el piso de su compañero trabajo.

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Juan responde al cliché arquetipo de hombre mujeriego, atractivo y muy sexual, cuya virilidad nadie de su entorno se atrevería a cuestionar pues la exhibe, sin pudor, con un continuo desfile de mujeres que le frecuentan en su piso para mantener relaciones. Mientras sus amigos ven deportes en televisión y beben cerveza, en un ritual monótono de masculinidad convencional.

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Por su parte, Gabo tiene una guapa novia, y su condición de padre soltero y viudo le proporciona ante terceros una imagen sin fisuras de hombre heterosexual. Su oficio también les aleja a los dos de los estereotipos laborales asociados con la homosexualidad masculina.

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Sin embargo, la convivencia les hace ir descubriéndose uno a otro y a sí mismos, provocarse y seducirse. Von movimientos pausados, gestos sutiles, roces corporales, posturas casuales (tremendamente evocadora la tensión erótica que inspiran viajando en el metro cara a cara), muchas miradas atrevidas, encienden la mecha de una pasión mutua, brillantemente transmitida al espectador a través de escenas de un impactante poder sensual, hasta desembocar en el sexo explícito, y desde ahí en una relación íntima llena de matices y cariño que ninguno parece atreverse a aceptar abiertamente, aunque ambos la disfruten.

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Su entorno, a modo de tercer personaje, se impone como una barrera insoslayable que les impide explicitar sus sentimientos. Aunque sean capaces de dar rienda suelta a su deseo, siempre lo harán de forma oculta y velada. Una muestra muy gráfica de lo que supone la propia homofobia interiorizada, el entender y sentir una relación con otra persona de su mismo sexo, como algo impropio, ajeno a su propio mundo, proscrito, prohibido, cuando no directamente rechazable. Ser “puto” o “torta” es inadmisible en su mundo. Así, se evidencia en algunas secuencias. En una, un amigo que frecuentemente los visita, Mario habla con desprecio de una conocida “marimacha”, mientras Juan se limita a fumar y Gabo calla incómodo. Nadie condena sus palabras despreciativas. En otro momento, ya en plena efervescencia de su relación oculta, Juan reprocha a Gabo: “no me hagas sentir que tengo que darte explicaciones como a mi novia”.

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Como contrapunto, al final de la película se nos presenta uno de los momentos estelares, a través de la conversación que Gabo mantiene en un parque con su hija Ornella (interpretada por Malena Irusta), saliendo del armario y atreviéndose a hablarle de Juan, como su ex “novio”. La respuesta de la pequeña muestra toda la luz vital de la que carecen los adultos protagonistas. No se trata de hacer un spoiler, pero sería una escena muy digna para proyectarla en todos los colegios para abordar el respeto a la diversidad (a las y los acólitos de Vox les causará picores).

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En el lado menos positivo, la pretensión intimista de Berger le conduce a imprimir, sobre todo en la primera parte, un ritmo excesivamente pausado, a abusar de silencios plomizos, de la repetición de situaciones cotidianas, a regodearse dirigiendo una y otra vez su cámara para mostrar objetos interiores e imágenes de exteriores que pretenden contextualizar el espacio y el tiempo narrativo, pero que poco aportan al reiterarse con tanta profusión. Al contrario. Alargan innecesariamente la duración del metraje e impiden que alcance un resultado tan redondo como el que podría haber obtenido, y se merece el planteamiento de la historia.

También es cierto que hay escenas tan poderosas que solo por ellas la película debiera obtener un merecido reconocimiento. Y no porque se trate de que la obra de Berger sea un referente del cine latinoamericano LGTB, ya que, como él mismo declaraba en una reciente entrevista: “Sin querer todo el cine es heterosexual pero nadie se lo cuestiona. Yo hago mi cine rompiendo esa heteronormativa y siendo coherente con mi mirada. Eso hace que mi trabajo se etiquete rápidamente, pero nadie le pone etiquetas a otro director diciendo “mirá vos, Pepito hace cine hetero”. A su vez, me gusta mucho poner el foco en lo masculino desde el deseo. El objeto de deseo más común fue el cuerpo femenino y el deseo puesto ahí, hasta el punto de la cosificación. A mí siempre me divierte pensar en jugar con lo opuesto y cosificar el cuerpo masculino. Claro que sin olvidarme de lo que eso genera en el mundo que vivimos, donde el cuerpo masculino desnudo incomoda.”

Marco Berger en San Sebastián 2015 cuando recibió su Sebastiane Latino

Marco Berger en San Sebastián 2015 cuando recibió su Sebastiane Latino

Lo destacable de Un rubio es, en suma, que se trata de una película poco convencional y muy particular sobre el deseo homoerótico, pero sin pretensión de etiquetajes, porque los trasciende.  Va más allá. Reivindica la libertad de elegir quiénes somos y a quién amamos, el valor para hacerlo. Y posee un mensaje político subyacente plasmado, a modo de cuadro costumbrista pintado mediante la reunión de múltiples pinceladas que, aunque lo parezcan, no son casuales, están aisladas o devienen inconexas, sino que, en sus detalles, han sido consciente e intencionadamente seleccionadas para comunicar tres colores básicos: la clase social, el deseo y la orientación afectivo-sexual.

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Un recordatorio para reparar en que el auge de las políticas de reconocimiento o identidad no conlleva necesariamente olvidar que la redistribución de la riqueza es cada vez más desigual en todo el mundo, y que eso alimenta el auge de los populismos neofascistas, apoyados en las capas sociales más desprotegidas y castigadas por los efectos de las crisis económicas. Precisamente aquellos que cargan inicialmente contra los movimientos feministas, las comunidades LGTB y los migrantes, entre otros colectivos. Y cómo restaurar los valores patriarcales favorece a los beneficiados por el sistema de poder que es cuestionado precisamente, por estas minorías. De este modo, el ascenso de las llamadas políticas de identidad o de reconocimiento solo ha cambiado el foco mediático de las reivindicaciones en nuestras sociedades occidentales, desde la redistribución igualitaria al reconocimiento de los derechos humanos de los colectivos discriminados y vulnerabilizados en razón de su género, etnia, raza, su orientación afectivo-sexual, su identidad sexual o de género… Pero no sustituye sino complementa otros enfoques para abordar las raíces que generan injusticia social e impiden el desarrollo personal en libertad. No son estrategias excluyentes sino que interseccionan. Se puede ser mujer, latina, lesbiana, parada y madre soltera. O ser un currela pobre, bisexual, padre viudo…, tal y como plasma, esta película en relación a su protagonista central, Gabo.  Seguramente el resultado final se hubiera beneficiado de haberse atrevido a visibilizar con más nítidez o contundencia estas cuestiones. Con todo, se agradece que Berger lo plasme en su guión con ese trazo fino y una sencilla habilidad, optando por mostrar una problemática existente sin voluntad de aleccionar.

Sirvan como conclusión las propias palabras del director: “La opresión y el ocultamiento es básicamente parte de el “sistema”. Parece una tontería esa palabra y casi inabarcable, pero creo que las estructuras psicológicas y sociales de las personas están empapadas del entorno. El personaje de Alfonso Barón es lo que lo rodeó, es el mundo y el ambiente que tuvo cerca. Es una creación de su entorno y está atrapado dentro de eso. Uno podría pensar que cada uno diseña su destino, creo que es algo que en teoría es muy simple pero, en la práctica, es muy difícil, más si uno ni siquiera es consciente de eso”.

[1] Los cinco películas anteriores fueron Plan B (2010), Ausente (2011-Oso de oro a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Berlín ), Hawaii (2013), Mariposa (2015. Premio Sebastiane Latino(Gehitu). Festival Internacional de Cine de San Sebastián); y Taekwondo (2016).

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