2019

Un futuro de resistencia

Festivales y premios LGBTIQ+

Un futuro de resistencia

Ahora que los Premios Sebastiane cumplen 20 años le hemos pedido a un cieneasta y escritor argentino, Diego Trerotola, una reflexión. Este experto en cine y la reivindicación LGBTIQ+ nos cuenta si premios y festivales como el Sebastiane tienen que disolverse en el cine, en un cine sin adjetivos.

Un fenómeno global es que la presencia de premios y de festivales de cine relacionados con la diversidad sexual se fue multiplicando en las últimas décadas no solo gracias al avance legislativo en relación con la ampliación y defensa de los derechos de la comunidad LGBTIQ+, sino también a la mayor accesibilidad de los formatos digitales y la circulación de producciones audiovisuales centradas en las temáticas de orientación sexual e identidad de género. ¿Fue un fenómeno beneficioso con algún aporte social significativo? La evaluación de la importancia de un festival de cine LGBT es inseparable de un análisis del impacto local en cada ciudad, cada territorio que se realice, en cada pueblo que circule, y es imposible considerar en términos globales la verdadera efectividad de estos eventos, tanto sea por hacer más o menos accesible una serie de obras que no tienen demasiada circulación o por el impacto activista en la comunidad en general. Sin embargo, se podrían pensar, en términos generales, en algunas consideraciones.

En primer lugar, un festival de cine propone una búsqueda específica, una independencia por fuera de la repetición de lo que significa ser LGBT para el mercado. ¿Vale la pena realizar un festival de cine si su programación va a replicar lo mismo que el mercado ya afirma de la cultura LGBT? ¿Vale realmente la pena crear festivales que basen su programación en documentales que son copias de series como RuPaul’s Drag Race o ficciones al estilo Will & Grace? Es una situación muy compleja seguir alentando que las orientaciones sexuales y las identinades de género son una forma específica de consumo dictado por discursos que sostienen el llamado “capitalismo arcoiris”. El mapa de pertenencia a la cultura LGBT no debería ser equiparado al consumo y, por lo tanto, a un sistema de clases que crea la necesidad del consumo. En su afán de sostenerse y de atraer al público habitual de esos espacios culturales, los festivales LGBT se insertan en la oferta del mercado de la diversidad y repiten señas, imágenes y marcas que crean un mapa de la exclusión, dejando afuera las mismas personas que están marginalizadas por el mercado LGBT. Pero peor, esa estrategia es autodestructiva porque si la oferta cultural de un festival de cine es similar a la que circula por otros medios (Netflix, por ejemplo), entonces el festival se podría volver accesorio, casi inútil.

También es verdad que los festivales y los premios LGBT pueden generar rechazos de cineastas. Hay que saber escuchar a la disidencia, y aceptar la disconformidad si detrás de ella hay ideas que valen la pena. Explicar la importancia de la visibilidad no necesariamente es un argumento sólido, porque siempre habrá una discusión posible alrededor de eso. Mucha gente, por ejemplo, no se define por la sigla LGBT, sino por la palabra “Queer“, que históricamente pone en crisis las identidades férreas, los modos de usar las categorías que refieran a nuestra orientación sexual e identidad de género. Pero no necesariamente la palabra Queer se usa de acuerdo a su historia, y muchas veces es un eufemismo para no decir LGBT. Pero además, esta sigla o su reemplazo por las abreviaturas (LesGayBiTrans) cada vez se usa menos y se prefiere hablar solamente de “Diversidad”, lo que borra la presencia de la sexualidad y el género en el discurso, un problema que nos devuelve la invisibilidad social, que históricamente ya mostró su nocividad. ¿Por intentar incluir, interpelar a una mayoría en la palabra “Diversidad” u “Orgullo”, estamos eliminando del lenguaje las diferencias que nos hacen ser quienes somos? La adopción de la sigla LGTBIQ+ intenta ampliar y reinscribir las diferencias, de alguna manera un poco más válida. Hay que seguir pensando estrategias para nombrarnos y no dejar nunca de poner en los discursos la dimensión de nuestros deseos. Un festival también es ese desafío de siempre: cómo nos visibilizamos.

Diego Trerotola en el 4º Encuentro de Festivales LGTBI iberoamericanos

¿Es mejor un premio LGBTIQ+ en un festival de cine general? Esta modalidad, que tiene su antecedente en el Teddy del Festival de Berlín, fue creciendo que en las últimas décadas y fue adoptada por los festivales de San Sebastián, Venecia y Cannes. En primer lugar, les programadores de cada sección del Festival tienen que tener en cuenta al cine LGBTIQ+, garantizando al menos un mínimo de inclusión de estas películas en cada edición. La existencia de estos premios siempre plantea una lectura diferente de la programación general del festival y garantiza que no exista una sección dedicada exclusivamente a la diversidad sexual sino que se nominen al premio películas de las distintas secciones, evitando así al ghetto. Las películas habitan el festival como cualquiera de las obras seleccionadas y un premio, que no excluye la posibilidad de otros premios oficiales, señala su valor como película queer o LGBTIQ+.

Nahuel Pérez Biscayart recibe el Sebastiane en representación de “120 pulsaciones por minuto” / “120 BPM”

¿A partir de 2020, con la nueva década, será aún necesaria la existencia de festivales LGBTIQ+? Interrogar al presente es pensar el futuro. El crecimiento actual de los crímenes de odio contra la comunidad LGBTIQ+, especialmente en América Latina, tanto como el giro a la derecha de muchos presidentes que fomentan discursos de odio contra la diversidad sexual y las identidades de género, hacen de estos festivales de cine todavía necesarios. A diferencia de otros eventos, un festival circula por los espacios públicos: las salas de cine, los centros culturales, las calles, y no solo toma la ciudad como escenario, sino que se identifica con ella. Un festival es un espacio de convivencia urbana, es una manera de poner en funcionamiento esa interacción entre todes que quiere ser eclipsada por una violencia social y política de exterminio de las diferencias sexuales y de género. Ahora que el espacio privado, los hogares y las plataformas de streaming hacen de la experiencia audiovisual cada vez más individual, hay que seguir identificando al espacio cinematográfico con lo colectivo y comunitario, con la recepción en comunión, que son valores importantes en el contexto de una cultura LGBTIQ+ que se la castiga cuando circula con libertad, sin estar obligada a recluirse, a callarse. Un festival de cine queer es reinscribir el deseo colectivo como resistencia a un presente que amenaza con destruir comunidades por fuera de los parámetros hétero, cis y patriarcales.

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