DONDE LES DEJAN

EL GENDER EN EL CINE Y LOS GÉNEROS DEL CINE

Rosi Legido

  • La respuesta a dónde se meten las personas homosexuales y transexuales en el cine, no puede ser más sencilla: donde les dejan.

No ha pasado tanto tiempo desde aquella época (aún vigente en según qué lugares del mundo) en la que el amor entre iguales estaba prohibido incluso en la gran pantalla.

Durante siglos la homosexualidad ha permanecido oculta por motivos culturales, sociales, religiosos… lo cual ha provocado que su representación cinematográfica haya sido casi inexistente y basada en estereotipos. La sociedad ha conspirado contra el colectivo LGTBIQ+ únicamente por amar de manera diferente; obligados a no poder expresarse, a aparentar quienes no son, a sobrevivir en un mundo hostil sometidos a la ridiculización, el castigo, la marginalidad, el encierro o el asesinato. La industria cinematográfica, tampoco se lo ha puesto fácil.

La Calumnia

Resulta que en el cine hay lugar para historias de ardillas parlanchinas con banda de rock; de superhéroes que en un arrebato se tornan verdes y ganan diez tallas en musculatura; de niños a los que la magia les corre por las venas; de jedis, avatares azul púrpura o tiburones que regresan cada verano más cabreados; pero, en cambio, parece no haber sitio para historias tan colmadas de normalidad como aquellas que acompañan a las personas LGTBIQ+, porque para algunos, estos son los raros.

Géneros cinematográficos hay muchos pero solo algunos parecen destinados a dicho colectivo, y eso que homosexuales siempre ha habido en la historia, también en la del cine; únicamente había que saber encontrarlos (eso sí, todos estereotipados). Para hablar con ejemplos recordaremos el mundo vampírico tan habitual del género de terror, el menos observado por los censores y por ello repleto de personajes lésbicos. Vampiras con veladas intenciones sexuales que acosan a jovencitas y con un mordisco se quitan el hambre y el calentón de una sola vez (La hija de Drácula, 1936. Lambert Hillyer). No nos olvidemos de los vaqueros afeminados, con más pluma que un pavo real, (Algie el minero, 1912. Alice Guy, Harry Schenck y Edward Warren) que se las apañan como pueden, pero encantados, en el mundo del lejano Oeste siempre junto a hombres con los que comparar sus revólveres; o lesbianísimas a lo macho alfa compartiendo mismo lugar (Johnny Guitar, 1954. Nicholas Ray). También hay sofisticados anglosajones que se desean en plan psicopatía sexual (La soga, 1948. Alfred Hitchcock); romanos que saben “diviertirse” juntos (Ben-Hur, 1959. William Wyler); bailarines atormentados (Diferente, 1961. Luis María Delgado), mujeres homosexuales imposibles de imaginar más feas y antipáticas. Desagradables por partida doble, que acosan en internados, cárceles (Sin remisión, 1950. John Cromwell) o durante misiones especiales (Desde Rusia con amor, 1963. Terence Young) con más sobeteo de piernas que en una de Paco Martínez Soria. Y otras que se pasean ligeras de ropa para satisfacer el placer de un espectador varón heterosexual a quien lo que menos le importa es el argumento (Las amantes vampiro, 1971. Roy Ward Baker)

Diferente película de Luis María Delgado

La imagen negativa de las personas del colectivo LGTBIQ+ es una constante en el discurso cinematográfico a lo largo del siglo pasado; y sí, es evidente un cambio de perspectiva en la evolución temática de los discursos fílmicos pero no lo suficiente. Falta visibilidad, diversidad, normalidad. Aún son determinados clichés los únicos que ofrecen posibilidad a la presencia de personajes homosexuales o transexuales.

Prod DB © Republic / DR JOHNNY GUITARE (JOHNNY GUITAR) de Nicholas Ray 1954 USA

Quizás lo más importante no sea las diferencias que pueda haber entre los distintos géneros, sino los estereotipos que asignan a cada uno un lugar en la sociedad; y es que la identidad de género como construcción impone ciertas normas. Todavía uno de los recursos más repetidos es “la pluma”. Tan “locas” ellos, y ellas tan “agresivas”. La pluma que no falte, esa que encorseta y etiqueta por los siglos de los siglos. En la vida como en el cine, el amaneramiento varonil en exceso parece ser casi la única representación homosexual masculina posible. Algo similar a lo que sucede con las camisas de cuadros en las mujeres. El rollo leñador es el fondo de armario imprescindible de toda lesbiana o al menos es lo que aún hace creer el imaginario. Y es que “la pluma” aunque puede usarse como un modelo de autoafirmación, no da voz a la pluralidad del mundo tan diverso en el que vivimos.

La soga de Alfred Hitchcock

Pesan los encasillamientos y pesa la represión histórica no solo en cuanto a la temática LGTBIQ+ sino a la orientación sexual de los artistas. A lo largo de los años se han sucedido diferentes intentos de hacerles desaparecer y en cuanto al cine se refiere, la salida del armario de sus estrellas, provoca el encasillamiento en personajes homosexuales, como si todo lo anterior no valiese o como si un heterosexual fuera el único capaz de interpretar a un gai, a una lesbiana e incluso a una persona transexual, mejor que ellos mismos.

Alfreso Alaria, bailarín argentino guionista y protagonista de Diferente.

En una sociedad marcada por las desigualdades del patriarcado, nadie dijo que ser mujer fuera fácil; menos aún para las lesbianas, bisexuales y transexuales. Invisibles es el adjetivo que mejor las define aún en nuestros días, en la vida real y en el cine. La conciencia feminista pide a gritos que se revisen los discursos fílmicos. La mayoría de las historias cinematográficas están escritas y dirigidas por hombres, y se nota; por eso a las mujeres lesbianas les cuesta reconocerse en la mayoría de los personajes. Es difícil encontrar una ficción donde la mujer sea sujeto y no objeto, o que narre con normalidad las relaciones sáficas.

Todavía el varón cishetero es el rey del dicurso, quien salva a la damisela en apuros que automáticamente se convierte en su trofeo. Ellos pueden permitirse las canas y las arrugas, los comportamientos agresivos y celosos… Ellas, en cambio, tienen que ser eternamente jóvenes, hermosas y dóciles; como si nunca cumplieran años ni aprendieran de la experiencia. Dominantes y dominadas. Hombres y mujeres; negando toda posibilidad al género fluido y al no binario.

Pero esto de la homosexualidad es tan antiguo como la humanidad; por tanto, resulta inevitable que el cine ofrezca tales narrativas. Y aún así, las relaciones homosexuales en la gran pantalla suponen aún un tema tabú. Aunque las sociedad actual está más acostumbrada, la industria cinematográfica demuestra su desprecio y miedo a las diferencias. La falta de interés por los contenidos de temática LGTBIQ+ sigue siendo habitual, especialmente en las sociedades más conservadoras y en el cine comercial y familiar.

Y así es como el colectivo LGTBIQ+ se ve obligado a consumir un cine sin referentes, al menos positivos; con mensajes a veces subliminales y otros descarados de que ser homosexual es un chiste; sin historias donde reconocerse, sin personajes con los que identificarse, llorar, reír, soñar e incluso fantasear; aquellos que ayuden a entenderse uno mismo y a los demás. Porque aunque el cine debiera ser un reflejo de nuestra realidad, en la actualidad lo es mayoritariamente en cuanto a ese aspecto LGTBI-fóbico social, el que obliga a esconderse también en la ficción a los que aman de manera no normativa.

La mayoría de las veces es tan escasa la presencia de los homosexuales en la gran pantalla, que cualquier hallazgo de contenido queer, por pequeño e insignificante que sea, es motivo de celebración. Espectadores olvidados y ansiosos, a los que les vale cualquier simple gesto para pensar que en esa historia hay algo más. Y esta es la razón por la que son tan importantes los Festivales de cine LGTBIQ+, porque llegará un día en que no importe la sexualidad o género de sus protagonitas, pero ese día aún no es hoy.

Las minorías sociales, entre ellas la comunidad LGTBIQ+, reivindican su sitio también en el cine; pero para la construcción de una sociedad justa e inclusiva es necesario que la homosexualidad deje ser pecado también en la taquilla. Que el cine no aborde la cuestión LGTBIQ+ no hará que haya menos homosexuales, sino más reprimidos e ignorantes y, por tanto, más acosados y acosadores.

Imposible es de obviar el carácter del cine como generador de ideas, conductas, conciencias o modas a imitar; porque es capaz de educar incluso indirectamente y por eso mismo, los más pequeños necesitan saber de historias con dos madres, con chicos que se enamoran de su mejor amigo, con niñas que siempre lo fueron independientemente de lo que tengan entre las piernas. Es una necesidad que urge más aún en tiempos en que la homofobia y transfobia parecen querer recuperar el auge de siglos pasados. La visibilidad es el mejor arma de empoderamiento. Es respeto propio.

Carol, de Todd Haynes

Se equivoca quien piense que estas historias interesan únicamente a unos pocos. No dejemos de apostar por una cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, diversa, plural e integradora porque el ocio así entendido, tiene el poder de hacer mejores a las personas.

Rosi Legido

Interesada en el arte en general y el cine en particular, se doctoró en Ciencias de la Información con la tesis Homosexualidad latente en el cine. Ha ejercido como guionista, locutora, fotógrafa, periodista de contenidos LGTBI, monologuista, redactora en la Agencia EFE y docente.


Sueña mucho y duerme poco; y en ocasiones oye voces, pero son las de sus animales, su gran pasión. Ecofeminista, vegana y activista en ONG, denuncia las injusticias mediante cortometrajes, obras de guiñol e ilustraciones

Escrito por

Premios LGTB dados en el Festival de cine de San Sebastián por Gehitu, asociación LGBT del País Vasco

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